Sunday, May 10, 2009

La cara Alemana de Guatemala

Es tema de discusión. En el parque de Cobán debaten si los alemanes que arribaron a Guatemala, desde el siglo XIX, marcaron la realidad del país. Hablan de una locomotora que los alemanes hicieron traer hace años y que ahora ya no existe. Lo que no ha desaparecido son los centellos germanos en los negocios del presente y hasta en la mirada de mujeres y hombres que se proclaman mayas q'eqchies. El debate del parque de Cobán debe ser uno de tantos. En otros lugares del país, los guatemaltecos se preguntan si los alemanes mejoraron o no el rostro de Alta Verapaz.
Winther fue reina de belleza. En 1960 ganó un concurso llamado India Bonita. Era la más bonita de Alta Verapaz, un verdoso departamento, al norte de Guatemala, donde el 90% de su gente es indígena. Mayas, en teoría.
Sin embargo, la apariencia de Nana Winther, salvo su colorido güipil, es poco maya. Sus cabellos son castaños. Piel clara. Nariz grande y respingada...
—Yo soy pura indígena. Sé hablar q'eqchi' (lengua maya) como mi mamá y mi abuela. El alemán era mi abuelo, que como muchos otros vinieron hasta acá a trabajar; aquí ellos encontraron selvas e indios —resume su origen María Elena Winther Caal.
María Elena, llamada con respeto por los indígenas como Nana Winther, desconoce si su abuela maya cometió un pecadillo de juventud con su abuelo germano. Tampoco sabe explicar por qué él –y otros miles de alemanes– fueron expulsados de Guatemala en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. El mismo año que coincide también con su natalicio y más o menos con el de otros ¿miles? descendientes de los alemanes que llegaron hasta aquí.
Nana Winther vive en Cobán. Una mancha de casas de tejas que contrastan con otras, que tienen techos de gran inclinación. Casas que parecen esperar una nevada que nunca llega. Cobán es el poblado más grande de los muchos que resguarda la Sierra de Las Minas. Una sucesión de picos y montañas que hiere el cielo y las nubes al rebasar los 3,000 metros y que lo hace sangrar, a manera de cascadas, que se deslizan en dirección al Petén y al Atlántico.
Pero ahí, en el rectangular y central parque de Cobán, Klause Wagner, 63 años, guatemalteco de padre alemán, discute con tranquilidad con Juan, un amigo indígena q'eqchi'.
— Yo siento que lo alemán aquí es casi imperceptible ya —le dice Juan.
Klause frunce el ceño. Con enormes ojos azules, parece exigirle sensatez. Le pide que vea a su alrededor. Que note que “lo alemán” es algo más que un par de ojos azules. Que note que los alemanes “más que mejorar la apariencia de los q'eqchies al mestizarse”, estos “cambiaron a Guatemala entera. Han influido mucho aquí en todos los niveles. Aún hoy...”.
A tres cuadras al sur del parque central y de la enmohecida fachada de la catedral, que hicieron construir unos dominicos españoles hace más de 400 años, se encuentra aún una de las pocas casas alemanas de principios de siglo XX. Una que todavía no ha sido derribada por los cobaneros: La casa Dieseldorff. Una estructura que se puede destornillar, muy parecida al Hospital Rosales. Salvo que en este caso cobanero, del techo salen escupidas pequeñas ventanas cuadriculadas con sus propios techos.
Este blanquecino caserón fue construido con la fortuna que abultó uno de los pioneros de la inmigración alemana en Alta Verapaz: Erwin Paul Dieseldorff. Él se suicidó en 1940. Pese a que ha pasado tiempo, el apellido Dieseldorff en Cobán es recordado con frescura. Es algo así como un símbolo alemán. En Cobán dicen que el “gringo” Dieseldorff era bueno, muy buena persona con los indígenas. Que era un empleador justo. Puntual. Que tenía la honradez germana. Que trabajaba con disciplina, que no andaba de quisquilloso para caminar entre lodazales o mosqueros. Que su vida estuvo volcada en producir más y más “kaffee”, como se dice café en alemán. Otros dicen que Erwin Dieseldorff era bueno, pero para sacar provecho de Guatemala, para explotar indígenas y coleccionar piezas prehispánicas y coloniales que compraba a precios de risa.
Se dicen muchas cosas de él. Lo cierto es que Guatemala abrió las puertas a la inmigración alemana entre 1873 y 1885. El portero era el presidente Justo Rufino Barrios, quien los invitó a pasar adelante. Según Regina Wagner, autora del libro “Los alemanes en Guatemala”, el mandatario deseaba “desarrollar” o “civilizar” al país a través del trabajo y talento extranjero, sobre todo del de los nacidos en Alemania. En sintonía con lo anterior, la ley de extranjería guatemalteca –vigente desde 1936 a 1986– fomentó la emigración estadounidense y europea. Durante este largo período, la ley prohibía a griegos, árabes, africanos, palestinos, chinos y hasta egipcios vivir en Guatemala. En 1945 se lanzó un decreto de “campaña de higienización, orientada a combatir enfermedades y mejorar la raza”.
A los alemanes ya se les conocía en Guatemala. Desde inicios del siglo XIX muchos de ellos manejaban importantes negocios en la capital. Otro grupo de germanos vivía del café. Sus fincas salpicaron la Costa Sur del país.
Pero no eran suficientes. Para seducirlos a quedarse en Guatemala, el presidente Barrios les ofreció títulos gratuitos de tierras consideradas baldías: grandes tajadas de un territorio llamado Verapaz, unos 170 kilómetros al norte de la capital. Era una concesión en toda regla. El ofrecimiento parecía insuperable. Incluía una salida más corta al Atlántico y como bonus: comunidades de indígenas q'eqchies. La idea de Barrios fue emulada por el presidente mexicano Porfirio Díaz quien ofreció al Gobierno alemán, en 1890, la oportunidad para que “desarrollasen” la fronteriza región de Tapachula, en Chiapas. Algunos alemanes brincaron de Guatemala a México.
En número, ni Chiapas, ni la Costa Sur, resultó tan atrayente para los alemanes como Alta Verapaz. En 1887, Cobán tenía ya su propio consulado alemán. Los primeros en arribar: Franz Sarg, Richard Sapper y Erwin Paul Dieseldorff. Este trío gastó su juventud en aprender el q'eqchi'. Así pudieron involucrar a los indígenas en sus proyectos agrícolas.
La historiadora guatemalteca Regina Wagner explica que en su momento Sapper tuvo más de ocho distintas fincas cafeteras. Una sola de sus fincas abarcaba 70 kilómetros cuadrados. Las fincas de los recién llegados casi se medían en número de cerros, no por caballerías. No menos distinto, Dieseldorff llegó a tener más de 25 fincas. Con Sarg sucedió lo mismo, aunque él tenía más pretensiones de arqueólogo. Sarg exploraba maravillado las ruinas mayas de Tikal.
Hacia el norte y el oriente de Cobán, el aire se vuelve cálido, ahí y desde fines del siglo XIX se rozaron selvas enteras. En su lugar las serranías se motearon de cafetos y de unas matas –de las que brotan unas picantes semillas– llamadas cardamomo.
La geometría de esos caminos y fincas, trazados por los alemanes, aún ordena el paisaje de esta región. Un paisaje que se empapa, casi todo el año, con un insistente rocío apodado “chipi chipi” . A “Der Verapaz” (La Verapaz) arribaron apellidos como Hussmann, Noak, Dreoger, Appenzauser, Quirin, Wholers, Duseldorf, Türckheim, Boehm...
El guatemalteco Julio Castellanos Cambranes se pregunta hoy si los alemanes de verdad fueron “pioneros del desarrollo”. El historiador ha escrito hasta el cansancio al respecto. Él subraya que los alemanes ejercieron “poder y opresión” sobre los indígenas para amasar fortunas. Castellanos considera que este era un sistema “neocolonialista”, que además de expropiarle las tierras a los mayas, los subestimaban.
Muchos documentos personales de Erwin Dieseldorff están abiertos al público. La universidad estadounidense de Tulane los resguarda en su biblioteca. En alemán, Dieseldorff describe en una carta: “Los indios de Alta Verapaz son mucho más manejables que si fueran niños”. En otra epístola, una que envía a su madre hasta Hamburgo, concluye: “Debo hacer la observación que las mezclas de negros, en particular, son a veces gente más leal y simpática, mientras que las de indígena con ladino (español e indígena) por lo general son alevosas, malcriadas y falsas, o como los indígenas, muy tontos”.
Dieseldorff no hizo observaciones raciales sobre la mezcla entre alemanes y q'eqchies. Quizás hizo su conclusión personal en 1900. Ese año tuvo descendencia con una mujer maya. Tuvo una niña de ojos esmeraldas que se llamó Matilde.
Muchos inmigrantes alemanes empezaron a formar familias, algunos con mujeres nativas. Para educar a su progenie fue creada, en 1935, la Deutsche Schule de Cobán. Regina Wagner, la autora de “Los alemanes en Guatemala”, estima que para esa fecha ya residía un promedio de 3,000 alemanes en Guatemala, la mayoría afincados en Alta Verapaz.
Esa cifra contrasta con la de un documento, de 1938, de la ciudad alemana de Stuttgart. El escrito detalla que 150 alemanes, mujeres y hombres, habían partido en dirección a Guatemala, entre 1880 y 1900. Los que se dirigían a Verapaz lo hacían a través de un maltrecho puerto de Livingston, en el Caribe guatemalteco. Frente a Livingston anclaban barcos transatlánticos, a vapor, de la Packetfahrt-Actien-Gesellschaft (Hamburg-Amerika Linie) o de la Nord Norddeutscher Lloyd, ambas compañías alemanas.
Una vez allí, los inmigrantes centroeuropeos sorteaban parte de la sofocante selva del norte de Guatemala. Luego en un bote de vapor se adentraban sobre las cansadas aguas del lago de Izabal. Desde ahí remontaban uno de los ríos más caudalosos que lo alimentan: el Polochic. El puerto fluvial era la entonces aldea de Panzós. En los alrededores del puerto, los alemanes tenían fincas de donde extraían los jugos del árbol de caucho o cultivaban añil.
En Panzós, los alemanes levantaron oficinas y bodegas para facilitar importaciones y embarques de cientos de sacos de café y cardamomo que iban en dirección a Europa.
Hasta hace unos años aún vivía el terrateniente guatemalteco-alemán Hans Dreoger. En vida, siempre hacía ver que el valle del Polochic había cambiado. Antes estaba cuajado “de lagartos y monos colgados”. Decía que era un territorio salvaje. Hans, que usaba sombrero safari, asentía que Verapaz era tierra fértil para posibilidades, sobre todo forestales. Sus rubios descendientes, alemanes, continúan viviendo de estas tierras que colindan con Panzós.
El río Polochic discurre de occidente a oriente. Nace en la azotea de Alta Verapaz, desde ahí abre una profunda depresión, que en su curso moja los poblados mayas de Tamahú, Tucurú, Telemán (nombre que aseguran es un apellido alemán), La Tinta y Panzós. Paralelo al río, los alemanes dispusieron abrir un camino de más de 120 kilómetros entre Panzós y Cobán. Un camino que gracias al café luego se tornó de hierro. En 1898 inauguraron una legendaria locomotora, que era alimentada de leña y agua, llamada La Verapaz. Vadeaba accidentados 51 kilómetros, haciendo cinco estaciones. En supuesto, la ruta debía ser más prolongada pero el dinero, marcos no quetzales, se agotó.
De La Verapaz no queda nada. Ni vagones. Ni rieles. Solo viejas fotografías color sepia. Una de ellas congela a 10 alemanes, de pie frente a un vagón. Algunos llevan sombreros safaris sobre los cabellos, otros utilizan sombreros Stetson, con una cinta rodeando la copa y con alas grandes hacia abajo. Lo único que los uniformiza son unas botas negras de caña hasta la rodilla. Nadie de los 10 sonríe, salvo uno. En cambio, el más serio es un señor que abulta barriga y luce un bigote hitleresco. Detrás de los alemanes, junto al vagón, aparece alguien que los indígenas del valle del Polochic identifican aún hoy como al “Negro José Knight”. Un maquinista estadounidense que los alemanes contrataron.
Marco Tulio García, oficinista de la Alcaldía de Tucurú, casi llora al recordar el “chucu-chucu-chucu” de la locomotora alemana. Él asegura que en la década de los sesenta el tren aún arrojaba una estola de humos al cruzar el tropical valle del Polochic. “La locomotora de vapor era una belleza, luego se sustituyó por una de motor diésel y murió allá por los setenta... El presidente Carlos Arana prefirió venderla como chatarra. Dicen que fue a parar a El Salvador, a una fundidora”, se lamenta Marco Tulio.
En lo alto de la Alta Verapaz, cerca de un pueblo llamado Tactic, Randall George Nanne ha construido su cottage o cabaña alemana. Buscó una pradera de la cual parecen flotar, como hielos, varias colinas. Dice que cuando fue a Alemania vio paisajes similares.
Él asegura que la mayoría de fincas alemanas antiguas se perdió ya: “Aquí cerca había una llamada Bremen. Pero el Gobierno guatemalteco confiscó las fincas y las vendió o repartió entre campesinos”. Randall se dedica a la agricultura como lo aprendió de sus antecesores alemanes. Cuenta que le va muy bien. Cultiva vainillas en Petén.
Al igual que la locomotora, muchas históricas construcciones alemanas han desaparecido. De la finca Westfalia, que perteneció a un tal Otto Hussmann, solo sobrevive un puente de hierro techado. Y en Cobán, hasta hace unos años se podía ver la casa, tipo chalé suizo, que en 1888 fungió como la “Deutsche Verein” o Club Alemán que llegó a izar la bandera nazi.
Antes de 1944, la mayoría de alemanes en Alta Verapaz comulgaba con el ascenso del Movimiento Nacional Socialista. El historiador Ricardo Terga Cintrón asegura: “Marchaban en forma militar de la finca Magdalena hasta el Club Alemán, entonando cantos que exaltaban a Deutschland (Alemania) y su misión en el mundo”. Es probable que muchos q'eqchies escucharan en Cobán uno que otro “¡Heil Hitler!”
En 2002, la revista alemana Risse im Context XXI describió que el gobierno de Hitler envió en 1942 a un doctor llamado Gerhard Enno Buß a chequear a Alta Verapaz. “Su objetivo era certificar una tesis de superioridad aria”, decía la publicación. Sus estudios tomaron como base los niños que acudían a la Escuela Alemana de Cobán. Según la revista, Gerhard estudió la composición genealógica de los arios puros, medio-alemanes e indígenas. La conclusión descrita en la revista es escueta. Gerhard decía que el mestizaje podía mejor la raza maya, pero también existía “el peligro” de que no ocurriese.
Cuando la Segunda Guerra Mundial inicia el presidente Jorge Ubico, que era simpatizante de las ideas de Hitler, expropia decenas de fincas a los alemanes y luego los expulsa, aparentemente por ordenes de Estados Unidos, pero no todos los alemanes se fueron. Por ejemplo, los Dieseldorff no son expulsados porque habían declarado ser judíos y opositores de Hitler.
El analista guatemalteco Luis Linares López asegura que los alemanes estaban metidos en casi todas las actividades económicamente rentables. La expropiación, sin embargo, les quitó sus empresas: Cervecería Nacional de Quetzaltenango, Ingenios Palo Gordo y Pantaleón, Empresa Eléctrica de Guatemala, Ferrocarril Verapaz, Banco Nottebohm.
En 1998, los alemanes Uli Stelzner y Thomas Walther filmaron un documental llamado “Los civilizadores”. Entrevistaron a una significativa parte de la actual élite empresarial alemana que vive en Alta Verapaz y en ciudad de Guatemala. Uli Stelzner dice que “desenmascaró el racismo alemán” al indígena, que los hijos de los primeros alemanes que llegaron a Guatemala siguen convencidos de pertenecer a una cultura superior.
El documental alemán hace énfasis en el acaparamiento de tierras que hicieron los alemanes de los indígenas. Como una consecuencia directa-indirecta de ello, en 1978 fueron masacrados más de 100 indígenas, entre niños y mujeres, en Panzós, que reclamaban tierras para sobrevivir. Según un estudio realizado por la Asociación de Investigación y Estudios Sociales (ASIES), la ciudad de Cobán es la que mayores rangos de desigualdad social tiene de toda Guatemala. El departamento de Alta Verapaz entero es el que más pobreza extrema tiene del país: la sufre un 84% de la población del departamento.
Conectado a lo anterior, el botánico y pensador Alexander von Humboldt se adelantó ideológicamente a sus paisanos un siglo antes. Alrededor de 1800 ya conocía la situación del indígena de Centroamérica y razonaba así: “La suerte de los blancos está íntimamente vinculada con la de la raza cobriza, y que no habrá suerte que dure hasta que esta última raza, largamente oprimida y hasta humillada, pero no avasallada, comparta todas las ventajas que derivan del progreso de la civilización y del perfeccionamiento del orden social”.
A un costado de la catedral de Cobán, Jorge Heinemann, de 47 años, regenta su hotel. Uno que le fue heredado por su abuelo alemán. Quien además le heredó ojos verdes y unos terrenos cubiertos de café y cardamomo. Heinemann asegura de que muchos cobaneros alemanes-q'eqchi' exteriorizan con frecuencia su rechazo al indígena. Que la discriminación es una realidad aquí.
—No creo en teorías de superioridad aria. Es cuestión de evolución cultural. Dentro de 100 o 200 años los q'eqchies podrían ser igual o más desarrollados que los alemanes.
Heinemann no cree que haya alemanes 100% puros en Alta Verapaz: “Aquí lo que solía ocurrir es que los alemanes conocían a una indígena, pero solo para embarazarla”. Eso daría respuesta a lo que Heinemann ha visto en el área rural de Cobán. Allí, de entre los cafetales y los cardamomos, brotan mujeres con güipiles, con las formas de Claudia Schiffer, la supermodelo alemana. “¡No es cuento! De la mezcla de maya y alemán, salen cosas preciosas”, dice el hotelero.
En Alta Verapaz se ven muy pocas rubias. En San Juan Chamelco, un municipio a siete kilómetros al norte de Cobán, una tarde se dejan ver dos rubias q'eqchies, que dicen usar tintes y no tener nada de alemanas.
En el mercado de Chamelco, en medio de un caos de colores mayas, detrás de una olla con tamales, se esconde un par de ojos amarillos. La vendedora es una joven de piel clara que lleva traje típico. Le pregunto si tiene algún ancestro alemán. Me responde que sí. Tras casi 15 minutos de interrogación, responde como avergonzada:
—Yo solo el apellido alemán tengo, Kouffer. Soy q'eqchi'.
Su nombre completo es María Pop Kouffer. Tiene 16 años. Y vende tamales de a 50 centavos de quetzal cada uno. Casi murmurando, María agrega:
—Aquí mucha gente cree que con solo tener un apellido raro uno tiene dinero ya. Y eso no es cierto.
Los efectos de la inmigración germana se pueden medir por toda Alta Verapaz. Un territorio de vahos y misterios que tuvo su primer carretera recién en la década de los cincuenta.
En Guatemala, según la embajada de Alemania, más de 4,000 germanos componen la comunidad más grande de Centroamérica. Junto a España, Alemania es el principal socio comercial de Guatemala en Europa. En el Registro Nacional de las Personas (RENAP) de Cobán se siguen asentando niños con apellidos como Winther, Euler, Buechsel, Henstenberg, Quirin, Kouffer, Noak...
La misma ciudad de Cobán parece estar renovándose. Si bien se demolieron las casas alemanas originales, ahora se construyen edificios que pretenden recrear atmósferas alemanas. Se construyen casas que imitan castillos de Baviera o chalés suizos. Y las residenciales más elegantes imitan paisajes bucólicos como sacados de los Alpes.
Nana Winther, la ex reina de belleza q'eqchi', tiene panaderías por todo Cobán. Dice que es casualidad de la vida que venda tortas alemanas y zepelines de pan. “Las cosas que hicieron los primeros alemanes que vinieron aquí las continúan haciendo sus nietos y bisnietos”, dice ella. El tío de Nana Winther, Fernando Ibáñez Winther, es propietario de la línea de buses Monja Blanca. Toda su vida manejó camiones en la serranía hasta tener su flota de buses.
Otra familia con tradición son los Gregg. Ellos elaboran salchichas Frankfurt, sí, de receta alemana. Los agricultores verapacenses reconocen que el cultivo del cardamomo fue introducido por los alemanes. Hace dos meses un kilo costaba $14. Buen precio, dicen. Guatemala es el primer productor del mundo.
Caminar de noche por las onduladas calles de Cobán requiere abrigo. Una brisa fría barre el parque central. Luce atestado de gente que se dice cosas en q'eqchi'. Alrededor, no hay nadie con las dimensiones de Claudia Schiffer. Pero hay una señora un tanto rubia, que tiene ojos azules que le combinan con un güipil de flores color añil. Le pido permiso para una foto. Dice sí. Y aleja a su hijo de siete años del encuadre de la foto. Su hijo, a diferencia de ella, es moreno. De pronto él se molesta.
—¡Púchica, mamá!
—¿Qué pasa, José?
—Es que quiero ser canche (rubio) para salir en la foto.
http://www.laprensagrafica.com/index.php/revistas/septimo-sentido/14386.html

2 comments:

  1. Muy interesante este artículo, nos lleva por episodios históricos un tanto comentados, pero más desconocidos que conocidos.
    Me gustaría saber quién lo escribió.
    ¡gracias!

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